Archivo de la etiqueta: Escape Sangriento

Halloween horror story…

¡Hola amigos! Sigo con el tema de Halloween, perdonad que se haya pasado ya la fecha, pero me contaron una historia de miedo de ésas que se cuentan alrededor de una hoguera y me gustaría compartirla con vosotros. Espero que os guste. Podéis comentadme, ya que es la primera vez que escribo un relato en el blog. No me dijeron ningún título, sin embargo, let’s say que se titula…

“Escape sangriento”

Era la noche anterior a la de Halloween, por lo que no mucha gente iba vestida con terroríficos disfraces. Era una noche normal como otra cualquiera. Ryan, un chico joven, había salido de fiesta con sus amigos y se encontraban en una discoteca pasándolo bien.

Había mucha gente en la discoteca, estaba llena por completo. Ryan fue a la barra para comprar una cerveza, no era la primera ni la segunda pero no estaba muy ebrio. Cuando volvió dónde estaban sus amigos no encontró a ninguno, no obstante, no le dio importancia. Pensó que estarían en el servicio o en algún otro lugar de la discoteca; de modo que empezó a buscarlos. Después de media hora, probablemente más, la música en la discoteca dejó de sonar, indicando que era la hora de cierre y toda la gente comenzó a dirigirse a la salida. Ryan seguía buscando a sus amigos, aunque ya no esperaba encontrarlos; había estado dando vueltas por toda la discoteca y no los había visto, así que siguió a la multitud hacia la calle.

Una vez fuera de la discoteca, se dirigía a la parada de taxis más cercana para coger uno de vuelta a casa, cuando en uno de los portales vio una chica llorando. Era delgada, algo más baja Ryan (él era de una estatura normal), tenía el pelo oscuro y rizado. Sus miradas se cruzaron y Ryan, por cortesía, se interesó y le preguntó qué le pasaba.

“Todo es una mierda,” le contestó la chica soyozando. Su acento parecía provenir de algún país del este.

Parecía bastante ebria así que Ryan se dispuso a ayudarla. Le limpió las lágrimas, la calmó y le dijo que le ayudaría a encontrar un taxi para ella. Incluso le prestó su chaqueta ya que estaba temblando de frío. Ryan le preguntó su nombre mientras caminaban pero ella no se lo dijo, tan sólo se quejaba de cosas sin sentido.

En el camino, ella paró un taxi y se montó. Ryan le pidió que le devolviera su chaqueta sin montarse en el coche. Ella se la dio y él le dijo al taxista que la llevara a casa. En el momento que iba a cerrar la puerta, ella salió de repente y agarró el brazo de Ryan, diciendo que no quería ir en ese taxi. Él intentaba averiguar dónde vivía, pero sólo decía que vivía en las afueras de la ciudad.

Al cabo de sólo unos segundos, la chica paró otro taxi. Esta vez, Ryan se montó con ella en el asiento trasero. Pensaba dejarla en su casa y volver a la suya en el mismo taxi. Ryan se dio cuenta de que ella le había dicho la dirección apenas se montaba en el coche, por lo tanto, no pudo escucharla. Apenas hablaron durante el viaje y Ryan estaba pendiente de la dirección a la que el taxi se dirigía. La chica parecía vivir de camino a la suya. De cualquier manera, él advirtió que el taxista debía ser de La India por su acento y su color de piel.

En un punto del viaje, Ryan perdió el sentido del camino, ya que estaban demasiado en las afueras y él no había estado nunca allí. Unos minutos más tardes el coche se paró en una calle sin salida, no se veía nadie alrededor. Parecía una urbanización, ya que había casas pero todas estaban muy oscuras, iluminadas por una débil y tenue luz de algunas farolas.

Ryan estaba esperando que la chica pagase al taxista. “Págale”, le dijo ella a Ryan. “¿Qué? No, yo tengo el dinero para volver a mi casa y no voy a pagarte el viaje”. El taxista, incomprensiblemente, insistía a Ryan para que le pagara. Ryan solo tenía el dinero para volver a su casa, le dijo la dirección y el taxista le pidió una cantidad desorbitada. Él había hecho ese recorrido una infinidad de veces y sabía exactamente cuánto costaba. Además, la calle donde estaban ahora debería estar más cerca que el centro de la ciudad…

De pronto la chica bajó del coche, y con ella el taxista. Ryan no entendía nada. Quería volver a casa o de vuelta a la ciudad. Nada le olía bien. No aguantaba ni un minuto más dentro de ese coche. Todo era muy sospechoso, el taxista y la chica estaban hablando fuera del coche. Ryan no podía ver ni oír nada porque el taxista se había apoyado de espaldas contra la ventana trasera del coche, tapándole la visibilidad de lo que ellos estaban haciendo.

Ryan los observaba con confusión, no tenía ni la más remota idea de lo que ellos estaban haciendo o de lo que estaban hablando. A través de los huecos que dejaba el taxista entre sus brazos, pudo ver la cabeza de la chica. La chica estaba agachada. ¿Por qué? Pensaba Ryan, pero lo que más le preocupaba era saber cómo iba a salir de aquella situación.

Después de unos minutos, la chica y el taxista volvieron a entrar en el coche. El taxista todavía pretendía que Ryan le pagase el doble de lo que en realidad costaba el viaje a casa. Ryan se limitaba a decir que tenía el dinero pero no lo bastante como lo que pedía. “¿Pero cuando va a pagar ella?” preguntó Ryan intentando evadir el tema. “Ella ya me apagado”, contestó el taxista evadiendo este tema y volviendo al anterior. En ese momento Ryan empezó a temer lo peor, ¿cómo le había pagado? Él solo quería volver a casa. “Te llevaré a un cajero”, le dijo el taxista. “No, llévame a casa o de vuelta a la ciudad, cogeré otro taxi allí,” contestó Ryan tajantemente, queriendo salir de allí a toda costa. No le gustaba ni el lugar ni la compañía. “Está bien, te llevaré a casa, pero dame algo de dinero, este taxi no se paga solo”, le decía el taxista con su acento indio. Pensó que no le quedaba otra opción, así que le dio un billete, y le dijo que le daría el resto cuando llegara a su destino.

Afortunada o desafortunadamente para Ryan, el coche se volvió a poner en movimiento, pero ¿hacia dónde? Sólo el taxista lo sabía. Él no quería estar en aquel coche, quería salir de allí y de pronto y extrañamente, la chica se puso demasiado amigable con el taxista, le tocaba el hombro desde el asiento de atrás y éste se la cogía. Ambos reían sin motivo. Ryan no entendía nada.

“Él es mi amigo, lo conozco”, decía la chica entre risas. “¿Qué hacemos con él?” le preguntó de repente el taxista a la chica. “No sé, es un buen tío. Me cuidó y estuvo conmigo, se preocupó por mí”, contestó la chica. “¿Es eso verdad?” preguntó el taxista a Ryan. “Sólo hice lo que tenía que hacer, la vi en mal estado y me interesé por ella”, respondió Ryan casi sin voz, atónito por lo que había escuchado. No sabía lo que estaba pasando, ¿qué significaba eso de “¿qué hacemos con él?”? Ryan ya no aguantaba más. Desconocía por completo lo que estaba sucediendo. El taxista conducía bastante rápido, las curvas le hacían tambalearse en el asiento. No aguantaba más en ese maldito taxi.

Ryan era un chico que había tomado decisiones sin pensar en el pasado y le habían salido bien. Estaba orgulloso de eso pero esta vez debía hacer algo y no tenía mucho tiempo. Se imaginaba que en algún momento la chica sacaría una navaja o un cuchillo y le apuñalaría allí mismo, incluso llegó a pensar que el propio taxista tenía una pistola y le iba a disparar en el coche, aunque supuso que no lo haría ya que mancharía los asientos con su sangre. Su suerpo ardía de nerviosismo, de terror. Estaba temiendo por su vida.

Vio que se acercaba a una glorieta, el taxista debería frenar y reducir la velocidad a la que conducía. Había también una gasolinera justo al lado. “Es perfecto” pensó Ryan para sí”. Sin pensarlo dos veces se quitó el cinturón de seguridad, su cuerpo se inclinó debido a la velocidad al entrar en la rotonda, abrió la puerta y saltó del coche en marcha.

Salió rodando del coche, golpeándose la cabeza contra el asfalto, pero se repuso. Miró hacia detrás, viendo como el coche se alejaba. Tan pronto como se puso en pie, empezó a correr dirección a la gasolinera. Instintivamente se llevó la mano izquierda a la nuca y al vérsela, estaba completamente roja, goteando sangre. Sentía como le recorría la espalda por debajo de la camiseta, estaba sangrando mucho. Apenas le importaba, ya que por fin se había deshecho de aquella siniestra pareja.

Había un hombre joven dentro de la tienda de la gasolinera. Ryan pidió ayuda nervioso, no podía parar de moverse. El hombre le preguntó qué le ocurría y Ryan le contó todo lo más rápido que pudo, con una voz temblorosa, pidiéndole que llamara a una ambulancia. “Por favor, dame algo para ponerme en la herida”. El hombre salió de la tienda y le dio unos pañuelos de papel. Ryan tenía las dos manos completamente ensangrentadas por tratar de parar la hemorragia. “¿Es muy grande?” Ryan preguntó. “Es más o menos así” le dijo el hombre, haciendo un gesto con su mano y abriendo sus dedos unos cinco centímetros. “¿Es profunda? ¿Puedes ver el hueso?” “No, no parece profunda” respondió el hombre de la gasolinera, tratando de tranquilizar a Ryan.

Poco después llegó la ambulancia y más tarde la policía. Le limpiaron las manos y le curaron la brecha lo mejor que pudieron, pero le dijeron que debía ir al hospital para que pudieran cosérsela. “¿Tienes alguna otra herida?” Preguntó el médico. “Sí, aquí y aquí. Pero sólo son rasguños, nada importante”, contestó Ryan señalándose a la mano izquierda y a la muñeca izquierda, donde se había rozado al caer. Mientras tanto, una inspectora de policía acompañada de un oficial le tomaban declaración sobre lo que había ocurrido.

Le preguntaron sobre las descripciones de la chica, del taxista y del coche. La chica era delgada, pelo rizado, no muy alta. Parecía provenir de algún país del este. Llevaba un jersey azul y un chaleco rojo. El taxista, en cambio, era gordo, de tez morena debido a su posible nacionalidad india y estaba calvo; llevaba unos pantalones negros y una camisa negra. No recordaba el color del coche debido a la brevedad de los hechos, pero estaba seguro de que era un color claro, probablemente beige. Ni mucho menos se había fijado en la matrícula. “¿A qué velocidad iba el coche cuando saltaste?” le preguntó la inspectora. “Ni si quiera lo sé. Iba bastante rápido. No me fijé en la velocidad porque estaba esperando el momento más oportuno para saltar”, respondió Ryan haciéndoles ver que se había sentido en peligro.

Decidieron llevarlo al hospital pero en ese momento Ryan se paró. “¿Cómo te llamas?” le preguntó en la lejanía al hombre de la gasolinera. “Connor”. “¡Gracias Connor! ¡Gracias por todo y perdón por este lío en el que te he metido!” gritó Ryan y metiéndose en la ambulancia.

De camino al hospital, el médico le preguntaba por algún detalle más, pero Ryan tan sólo podía repetir lo que le había dicho a la inspectora. Una vez en el hospital le hicieron esperar dos horas o tres, había perdido la noción del tiempo. Tampoco se acordaba a qué hora había ocurrido todo aquella noche. Durante ese tiempo estuvo reflexionando sobre lo que quería aquella pareja. De cualquier manera, se sentía orgulloso de haber saltado de ese coche. Lo volvería a hacer. El miedo que sintió no le hizo pensar en el daño que le haría saltar del coche o en la velocidad a la que iba; tan sólo quería salir de allí y la solución era aquélla. Probablemente fue el miedo al temer por su vida, cuando una persona deja de razonar y puede hacer cualquier cosa a toda costa con tal de sobrevivir.

Pensó en llamar a sus amigos, pero prefirió no molestarles ni preocuparles. Decidió que intentaría dejar el tema en secreto y no contárselo a nadie.

Aprovechó también ese tiempo para sacarse algunas fotos con su cámara. En ellas pudo ver que la brecha, completamente ensangrentada, era de unos cinco o seis centímetros, pero había dejado de sangrar y no era muy profunda. También pudo ver como la piel de su cabeza se había teñido de rojo, como consecuencia de la sangre que se había secado.

Le llamó el médico y éste le preguntó básicamente lo mismo que la inspectora, pero Ryan, ya tranquilo, repitió lo que le dijo a la inspectora y al médico de la ambulancia. Lo que en realidad quería el médico, era comprobar que el golpe no le había causado ninguna otra lesión en la cabeza.”Me siento perfectamente, a pesar de un fuerte dolor en el lugar de la herida, claro. No me he sentido mareado en ningún momento”, comentaba Ryan para quitarle hierro al asunto. “Ahora vendrá la enfermera y te pondrá un poco de pegamento, ya que si te cosemos tendrías que volver en unos días para quitarte los puntos, además sería más doloroso. El pegamento es perfecto para la herida, se irá quitando poco a poco pero no te podrás lavar la cabeza en cinco días”, le explicó el médico. “Gracias, está bien”, contestó Ryan pensando en que le daba igual lo que le hicieran, tan sólo quería volver a casa.

Al poco tiempo después llegó la enfermera y le atendió. Era muy simpática y le explicó con detalle las características del pegamento, también le dijo lo mismo que el doctor sobre los puntos. Le dio dos pastillas: una era paracetamol y la otra un antiinflamatorio. Le dio también unos panfletos informativos sobre la cura de brechas, tratamiento de pegamento y suturas. Le limpió la herida bien y le aplicó el pegamento en la brecha. Ryan le hablaba sobre su vida mientras tanto, aunque alguna vez que otra tenía que parar de hablar para resistir el dolor. Una vez acabada la cura, le dijeron que se podía marchar.

Cuando salió del hospital, no sabía dónde se encontraba, ya que no había estado allí en su vida. Tuvo que preguntar un par de veces a las personas que había por la calle. En unos diez minutos había vuelto al centro de la ciudad donde la extraña historia había sucedido. Sacó su teléfono móvil y llamó a un taxi. Le dijo su ubicación para que fuera a recogerlo. En verdad ese taxi era de confianza. Gynn, un taxista conocido que le había llevado infinidad de veces a su casa, pero que solamente estaba de servicio durante el día. Ryan le iba contando todo lo que había vivido esa noche, ante la sorpresa de Glynn que no daba crédito a lo que escuchaba.

Cuando llegó por fin a su casa, le dio las gracias a Glynn. “¡Eres incluso mejor que James Bond! Siempre podrás decir que saltaste de un coche en marcha. Indudablemente los tienes bien puestos”, broméo Glynn. “Bueno, puede ser”, contestó Ryan contento y apenado a la vez, esbozando una discreta sonrisa. “Pero por favor, no se lo cuentes a nadie. No quiero que nadie me pregunte por lo ocurrido, tan sólo quiero llegar a casa y descansar. Quiero olvidarlo todo”, dijo Ryan ya completamente serio. “No te preocupes tío, recupérate y descansa. ¡Nos vemos pronto!” Glynn le había querido cobrar la mitad del viaje, al ver que Ryan había estado en problemas, pero él no quiso y le pagó todo el trayecto, como siempre.

Cuando llegó a su habitación, se dispuso a quitarse la ropa para lavarse un poco antes de irse a la cama. Tenía la camiseta ensangrentada, los vaqueros grises que llevaba estaban manchados de sangre y tenían rozaduras de la caída. Tenía sangre incluso en los calzoncillos; la sangre le había recorrido la espalda hasta llegar a los pantalones. Sin duda, había sangrado mucho. Se lavó lo mejor que pudo, no se tocó la herida y se fue a la cama. Estaba demasiado cansado para no poder dormir, así que no tardó mucho en caer dormido.

Nunca llegará a saber lo que le habría pasado si no hubiera saltado de aquel coche, lo que querían de él el taxista y la chica. ¿Por qué la chica no se quedó en el lugar donde en un principio habían parado? ¿De verdad se conocían o hicieron un trato cuando salieron del coche? Ryan se preguntaría este tipo de preguntas una y otra vez los días después, incluso se las preguntaría durante su vida, pero no obtendría ninguna respuesta. A menos que se encuentre de nuevo con el taxista o la chica…

FIN

Like This!